lunes, 19 de julio de 2010

Te hieres grotescamente, intentas decirte que no importa, pero aún así… duele.
Detrás de esa sonrisa hipócrita se encuentra aquella mirada asesina, sedienta de destruirlo todo. Controlas el odio en un transe inútil. Te carcome y corrompe. El olor de putrefacción se convierte en una carga.

No lo admites, corres, huyes y te aferras en tu dolor. Mientras te asfixias rasgas tu pecho, intentas no ahogarte pero la presión te consume. Te desvaneces en la neblina y tus gritos son acallados por una muerte solitaria.

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