miércoles, 21 de julio de 2010

Amada Ofelia




Aún ahora me pregunto qué fue lo que pasó en aquel invierno. Intento recordar, pero solo tu rostro lleno de lágrimas viene a mi mente. Sentado a lado de tu tumba fumo un cigarrillo, mientras me encuentro sin poder borrar ese insignificante pero doloroso recuerdo. Te pregunto miles de veces en susurros que fue lo que te hice, pero solo el ruido del viento y la lluvia, se logran escuchar en una hermosa melodía llena de desolación.

—Te dejo una rosa blanca, mí supuesta amada—Pronuncié con amargura aquellas palabras y, por costumbre mas no por amor, posé la rosa en la húmeda tierra. Rendido por tu silenciosa alma, camino con pasos somnolientos a través del cementerio. Me detengo por un instante para mirar hacia tu tumba, pero solo puedo contemplar una lapida gris y rosas secas empapadas de lodo.

—“Para la amada Ofelia”, que epitafio tan irónico— Articulé con burla.

Buscando sosiego me dirigí a mi departamento, cuando sabía perfectamente, que solo lograría lo contrario. Cada foto me producía pesadumbre, eran recuerdos vacíos que solo manifestaban dolor en mi carcomida mente.

Encendí otro cigarrillo y miré con una peculiar curiosidad el encendedor como un niño embobado.

—Que arda todo en llamas— dije sin titubear, pero aún así, ningún musculo de mi cuerpo se atrevió a moverse para cometer tan liberador acto. Fastidiado por mi impotencia y cobardía guardé el encendedor.

Me tiré en el sofá para dormir un poco. Todo se tornó blanco y fui incapaz de moverme. Abro mis ojos y me doy cuenta que ya no estoy en mi departamento, intento pararme pero mis brazos inmóviles por una camisa de fuerza me lo impiden. Grito frenéticamente pidiendo ayuda pero el sonido de mi voz es acallado por el murmuro de unos hombres.

—Él la mató—oí decir a uno de ellos. Sin entender que pasaba grité nuevamente por ayuda, pues se encontraban detrás de la puerta que me mantenía prisionero. Abrieron la puerta y se acercaron a mí con una curiosa cautela. Un terror bestial me invadió y pequeñas convulsiones atacaron mi cuerpo. Grité irracionalmente; sentí un pinchazo en mi brazo y mis ojos se cerraron con pesadez.

De nuevo todo comenzó. Yo en el cementerio con una rosa blanca entre mis manos, mirando aquella lapida con una amargura indescriptible. Todo se repitió, pero esta vez solo vi al final oscuridad, y no esas paredes blancas que veía siempre que despertaba de esa profunda ilusión.

¡Adiós para siempre mi amada Ofelia!

3 comentarios:

  1. Para ser un prólogo suena un poco a despedida...

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  2. Mi idea es que esto solo sea el comienzo de una historia, pero puede que al último termine en un solo capitulo así que tal vez le cambie el nombre despué,s dependiendo de que decida hacer con esto -.-

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  3. jeje yo también he empezado un montón de historias y luego nunca las acabo...

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