miércoles, 19 de octubre de 2016

Palabras

Me encontré con una palabra, estaba aferrada en una pared olvidada. Lucía temerosa y desgastada, como el remanente de una historia destrozada. Tenía que limpiarla, pero aún cuando su caligrafía era incomprensible, sentí pena por ella. Estaba mutilada y desolada en una pared fría e incolora, su situación pintaba a ser bastante injusta. Creí que si la trazaba con la yema de mi dedo podría entenderla, y así al menos, nombrarla antes de borrar su existencia. Darle un nombre le daría sentido a su imperfecta realidad. Después de todo, nos funcionaba a los humanos. Hasta una lápida podría tener. 

La toqué y un pinchazo hizo que retrajera mi mano. Mi dedo índice sangraba levemente, dos pequeños orificios estaban presentes. La desvergonzada se atrevió a morderme. La ira estuvo a punto de tomar control de mi cuerpo, pero ésta desapareció por completo al ver como la pequeña palabra temblaba de forma desvalida. Otra vez sentí pena por ella. Me senté en el suelo, y la observé a la distancia. A los minutos dejó de temblar y noté extrañeza por mi estadía.

— Está bien, no te haré nada— le dije en el tono más suave posible — ¿También estás pérdida? 

Con gesto frágil negó. Continúe con mi monologo, después de todo, no parecía que ella pudiera si quiera pronunciar algo. 

— Yo si estoy pérdida. Bueno, se que debo limpiar todas las paredes, pero no sé porque, hacía dónde ni hasta cuando... ¿Tú tienes alguna idea de eso?

Sin ningún horario que seguir, decidí quedarme a su lado. Su silencio no era tan malo. Sin pensarlo, me motivé a seguir hablando.

— ¿Y tus compañeras? Usualmente las palabras están juntas y forman una historia, o mínimo son párrafos. Nunca había visto a una palabra sola, y mucho menos una tan incomprensible como tú... ¡Oh ya sé! Todas cambiaron de dueño, pero tú te encaprichaste a esta pared.

La palabra se estremeció y, de alguna manera, percibí que me dio la espalda.

— Vamos, no te enojes... No lo dije con saña. Todos no encaprichamos a veces— lentamente la palabra volteó hacía mi de nuevo— O eso supongo, la verdad, yo no estoy segura. No tengo recuerdos, más que los de estos pasillos. Todo es gris aquí, y del gris no me he podido encaprichar. Es más, creo que lo odio. 

Guardé silencio. De alguna manera, creí ser similar a la palabra, pero me equivoqué. Ella aún tenía deseos. Yo no. 

Las lagrimas empezaron a brotar. No comprendía la razón, no sabía que podía llorar. La palabra se sorprendió, pero en lugar de alejarse o ignorarme, me llamó con una voz inaudible. Me paré  y me acerqué a ella, las lagrimas seguían sin parar. Me dio señales de que podía tocarla, pero dudé.

¿Estás segura? No te quiero lastimar.

Ella insistió. La trace suavemente, esta vez no sentí ese dolor punzante. Pude ver su propia esencia, fluyó a través de mi mente la felicidad y tristeza que guardaba en sus lineas restantes. Mis lagrimas en lugar de parar, emanaron con más fuerza y fueron acompañadas de gritos ahogados. Comprendí que aún siendo una sola palabra, ella también formaba una historia completa. 

Mi vista se despejó. Le quería dar gracias por compartir sus recuerdos, pero ella ya no estaba. Temí haberla tallado muy fuerte por accidente y haberla separado de esa pared a la que tanto se aferraba. La debilidad tomó mis piernas y éstas cedieron. No quería que terminara así. 

Inevitablemente mis ojos se nublaron de nuevo, pero el llanto fue parado por un tenue tintineo. Al prestar atención, me di cuenta que provenía de mi pecho. Agudicé mi vista. Ella estaba ahí. No había desaparecido en la nada como yo me temía. Aún era indescifrable en apariencia, pero se mantenía firmemente adherida a mi. 

Los pasillos ya no lucían tan grises. 

1 comentario:

  1. Me he quedado sin palabras, porque las tuyas me han emocionado sobremanera. Pude sentir tus letras como si estuviera ahí. Los siglos no pasan en vano, y la oscuridad de la que nace tu luz se ha vuelto placentera. No estas perdida, brillas a tu modo hoy más que nunca. La Dama Blanca

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