miércoles, 19 de octubre de 2016
Palabras
jueves, 7 de noviembre de 2013
Un mes para odiarme. Prefacio
miércoles, 26 de junio de 2013
La realidad tras las tinieblas.
domingo, 26 de junio de 2011
Sin titulo
El camino del instituto a la casa fue igual que siempre, ruidoso y con un calor que quemaba mi rostro como si su único deber fuese. Al llegar a casa, un casi audible “Estoy en casa” esbocé sin esperar una respuesta a cambio. Casi al instante que estaba a punto de comer algo para calmar parte de mí mal humor oí el sonido del timbre, que de antemano sabía, no iba a parar de sonar al menos que lo atendiera. Con hastío me dirigí hacia la puerta para calmar la curiosidad de la vecina que venía a tocar la puerta de mi casa como si de su nueva rutina diaria se tratara.
― ¿En qué le puedo ayudar? ― pronuncié de una forma educada pero malhumorada esperando que surtiera efecto para que aquel encuentro fuera lo más corto posible.
― Ah Francis― mencionó mi nombre con un toque de nerviosismo y tras intentar ver algo en mi mirada prosiguió cautelosa― ¿Todavía no ha llegado tu madre? Es solo que ocupo hablar con ella sobre un asunto― finalizo esa frase intentando forzar una sonrisa en su rostro que solo terminó de demostrarme el desagrado que sentía hacia mí.
― ¿Qué “asunto” tiene que hablar con ella? Tal vez yo le pueda pasar su mensaje, recuerde que ella no volverá durante un tiempo― tras pronunciar aquello una leve risa de mofa salió de mi boca, lo cual la puso un poco más tensa.
― No es nada importante― mintió mientras intentaba ver dentro del departamento, cosa que me molestó de sobremanera.
― En ese caso si no es nada importante la tengo que dejar ya que me interrumpió cuando estaba a a punto de comer― mencioné con un tono de irritación perfectamente visible.
― Ah lo siento― dijo con más miedo que culpa― ¿Si estas comiendo bien? ― agrego intentando ser cordial aun cuando, al igual que yo, ya quería terminar con aquella conversación.
Reí a lo bajo por la ironía de la pregunta― Créame que muy bien― cerré la puerta antes que ella dijera algo mas― Estúpida puta― Finalicé sin importarme la posibilidad que ella escuchara aun con la puerta cerrada.
Nuevamente me dirigí hacia la cocina que solo contaba con una mesa pequeña con dos sillas y los electrodomésticos que normalmente hay en una. Abrí el refrigerador y saque una olla que cada día pesaba menos. Tome un cuenco y me serví un poco del caldo que había preparado días antes. Empecé a masticar los pedazos de carne cuando algo pequeño y duro empezó a impedirme aquella tarea que disfrutaba de sobremanera.
Escupí aquello que reprimía el hecho de degustar mi comida.
― ¿Un hueso? ― me pregunté a mi mismo ingenuamente― Creí que la había despellejado bien ― pronuncié un tanto pensativo, pero nuevamente el timbre interrumpió.
Me pregunto a que sabrá― Dije para mis adentros y nuevamente una leve risa se formo sin mi consentimiento al instante que me levantaba de mi asiento para atender una vez mas a mi vecina.
miércoles, 21 de julio de 2010
Amada Ofelia

Aún ahora me pregunto qué fue lo que pasó en aquel invierno. Intento recordar, pero solo tu rostro lleno de lágrimas viene a mi mente. Sentado a lado de tu tumba fumo un cigarrillo, mientras me encuentro sin poder borrar ese insignificante pero doloroso recuerdo. Te pregunto miles de veces en susurros que fue lo que te hice, pero solo el ruido del viento y la lluvia, se logran escuchar en una hermosa melodía llena de desolación.
—Te dejo una rosa blanca, mí supuesta amada—Pronuncié con amargura aquellas palabras y, por costumbre mas no por amor, posé la rosa en la húmeda tierra. Rendido por tu silenciosa alma, camino con pasos somnolientos a través del cementerio. Me detengo por un instante para mirar hacia tu tumba, pero solo puedo contemplar una lapida gris y rosas secas empapadas de lodo.
—“Para la amada Ofelia”, que epitafio tan irónico— Articulé con burla.
Buscando sosiego me dirigí a mi departamento, cuando sabía perfectamente, que solo lograría lo contrario. Cada foto me producía pesadumbre, eran recuerdos vacíos que solo manifestaban dolor en mi carcomida mente.
Encendí otro cigarrillo y miré con una peculiar curiosidad el encendedor como un niño embobado.
—Que arda todo en llamas— dije sin titubear, pero aún así, ningún musculo de mi cuerpo se atrevió a moverse para cometer tan liberador acto. Fastidiado por mi impotencia y cobardía guardé el encendedor.
Me tiré en el sofá para dormir un poco. Todo se tornó blanco y fui incapaz de moverme. Abro mis ojos y me doy cuenta que ya no estoy en mi departamento, intento pararme pero mis brazos inmóviles por una camisa de fuerza me lo impiden. Grito frenéticamente pidiendo ayuda pero el sonido de mi voz es acallado por el murmuro de unos hombres.
—Él la mató—oí decir a uno de ellos. Sin entender que pasaba grité nuevamente por ayuda, pues se encontraban detrás de la puerta que me mantenía prisionero. Abrieron la puerta y se acercaron a mí con una curiosa cautela. Un terror bestial me invadió y pequeñas convulsiones atacaron mi cuerpo. Grité irracionalmente; sentí un pinchazo en mi brazo y mis ojos se cerraron con pesadez.
De nuevo todo comenzó. Yo en el cementerio con una rosa blanca entre mis manos, mirando aquella lapida con una amargura indescriptible. Todo se repitió, pero esta vez solo vi al final oscuridad, y no esas paredes blancas que veía siempre que despertaba de esa profunda ilusión.
¡Adiós para siempre mi amada Ofelia!
viernes, 2 de julio de 2010
Memorias de un muerto
Oía patrullas y una ambulancia, que en estos momentos, ya no me servía para nada. Un tráiler me impactó, escuché decir a los embalsamadores, ahora solo me quedaba quedarme inmóvil mientras ultrajaban mi cuerpo.
Podía oler mi propia putrefacción y apenas estaba comenzando el funeral (aún cuando grite miles de veces que era ateo). El llanto de mi madre se expandía por la habitación, perforando mis oídos provocándome una amargura insoportable, después de todo, nunca aprendí amarla. Mi “prometida”, que no es más que una hija de perra preocupada mas por que se corra su maquillaje que por mi rostro destrozado, lloraba falsamente a lado de mi madre. Y ahora, se preguntarán “¿Y tú padre?”, el debe de estar quejándose en la empresa sobre el gran desperdicio de que el Volvo halla sido pérdida total y el gran gasto del funeral.
Mi cuerpo fue trasladado al cementerio. El día era lluvioso y gris como si estuviera triste por mi desdicha, que escenario tan perfecto ¿no crees? Al menos así puedo imaginarme que las gotas de la lluvia en los rostros de las personas son lágrimas.
Las últimas palabras dirigidas a mi fueron dichas y la tierra empezó a caer sobre mi ataúd. ¿A quién le dirigiré mi último adiós?, pensé al oír retumbar la tierra sobre mi cadáver.
¡Adiós amable y hermosa soledad! ¡Inclusive me estas acompañando en mi muerte!